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Pionera del arte pop, los happenings y el arte participativo en Latinoamérica, conocida por intervenciones monumentales como el Partenón de libros.
Hay artistas que pintan cuadros. Marta Minujín prendió fuego los suyos. En París, a sus 20 años, quemó en público toda su obra en una performance llamada 'La Destrucción' (1963), rodeada de amigos artistas que también tiraron sus propias piezas a la hoguera. El mensaje era claro: el arte no tenía por qué ser un objeto eterno colgado en una pared.
Nacida en Buenos Aires en 1943, Minujín se convirtió rápido en una de las figuras centrales del circuito de vanguardia que se armó en los años 60 alrededor del Instituto Torcuato Di Tella, el epicentro del arte experimental en toda Latinoamérica por esa época. Mientras otros seguían pintando lienzos, ella construía 'colchones' gigantes, laberintos inflables y ambientes blandos para que el público entrara, saltara y se metiera adentro de la obra. Nada de mirar de lejos: había que tocar, pisar y participar.
Viajó entre Buenos Aires, París y Nueva York como quien cruza la calle, y en esa última ciudad llegó a colaborar con nada menos que Andy Warhol en instalaciones mediáticas con televisores y circuitos cerrados. Para los años 60, eso era ciencia ficción.
Pero sus obras más queridas son las monumentales y efímeras. En 1979 forró el Obelisco porteño con 9000 panes dulces en el 'Obelisco de Pan Dulce', y a la semana invitó a la gente a comérselo entero. Y en 1983, apenas terminada la dictadura, construyó un 'Partenón de Libros' a tamaño real con 20.000 ejemplares de libros que habían estado prohibidos: una manera de decir, sin una sola palabra, que la censura se había terminado. Repitió la hazaña en 2017 en documenta de Kassel, Alemania, esta vez con más de 100.000 libros.
Hoy, pasados los 80 años, sigue produciendo obra nueva, dando entrevistas con el mismo flash de color en el pelo de siempre y recordándole al mundo que el arte argentino hizo cosas gigantes -literalmente- mucho antes de que se pusiera de moda hacerlas.